MALDITOS

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Si sos kirchnerista pero estás de acuerdo en la protesta contra la megaminería contaminante, podés ayudar a tu gobierno pegándote vos mismo.

Una BANDA que causa FURIA: Los BARRICKTURROS

Una BANDA que causa FURIA: Los BARRICKTURROS


Un piquete impide el ingreso a la ciudad a toda persona sospechosa de apoyar las protestas

ANDALGALA.- A medio camino entre la impotencia y la bronca contra sus propios conciudadanos, se presentan como víctimas de los ambientalistas, incomprendidos por los foráneos e injuriados por los medios nacionales. "A los trapitos los lavamos en casa", dicen, para explicar que sólo el que conoce la realidad de Andalgalá puede entender el trasfondo del enfrentamiento minero. Contra esa misma lógica, resolvieron que nadie ingrese a la ciudad.
Como si se tratara de un nuevo Gualeguaychú, sólo que al pie de la cordillera catamarqueña, medio centenar de trabajadores y proveedores de la mina Bajo La Alumbrera resolvieron cerrar los accesos de esta ciudad a extraños, activistas sociales y periodistas, justo cuando la localidad de 18.000 habitantes recordaba ayer la dura represión policial vivida hace dos años contra una protesta de ambientalistas, que culminó con decenas de heridos y destrozos a comercios y oficinas municipales.
El objetivo era evitar que grupos antimineros de otras regiones se sumaran a la marcha de ayer, que al cierre de esta edición se desarrollaba sin incidentes.
LA NACION debió esperar cuatro horas para recibir el visto bueno de los manifestantes y superar la desconfianza y el piquete montado con barriles metálicos sobre la ruta 46, antes del puente que marca la entrada a la ciudad. Todo bajo el sol abrasador de la siesta catamarqueña, el cambiante (mal) humor de los promineros y la presencia silenciosa de un par de policías.
En ese lapso, los manifestantes negaron el acceso de LA NACION tras consultar por teléfono si era un medio cercano o no a sus propósitos. Luego pidieron -sin preguntar- que el móvil de este medio se alejara del corte hacia el retén policial que, minutos antes, también había intentado impedirle el paso.

LA ÚNICA SOMBRA

Una hora después se acercaron hasta el vehículo del diario, ubicado bajo la única sombra del paraje: un altar de San Expedito. Bajo el santo de las causas urgentes, tras volver a manifestar su desconfianza en los "medios nacionales", invitaron a acercarse al toldo que, a un costado del piquete, refugiaba a los trabajadores y proveedores de la mina. "Cuenten que los estamos tratando bien", insistían a cada momento.
Ya bajo el toldo, la primera en hablar fue Sandra Starecinch, esposa de un proveedor de catering de la mina, que el domingo pasado cobró notoriedad tras denunciar que su casa había sido atacada con una bomba molotov. "Queremos que nos dejen trabajar en paz", reclamó. El trabajo es la causa más invocada por los grupos que apoyan la permanencia de Bajo La Alumbrera, la mina de cobre, plata y oro que opera desde hace 14 años a 70 kilómetros de Andalgalá.
Pero la mayor preocupación del grupo pasa por la continuidad del proyecto Agua Rica, actualmente en exploración, que deberá suplantar a Bajo La Alumbrera dentro de cuatro años, cuando la mina cumpla su ciclo de producción. Se trata un yacimiento varias veces superior, ubicado a apenas 17 kilómetros de la ciudad y perteneciente al mismo grupo inversor (la suiza Xstrata Cooper y las canadienses Goldcorp y Yamana Gold).
"Si se cae Agua Rica perdemos todo", dice Luis Rojano, contratista de La Alumbrera y dueño de un supermercado que también sufrió ataques de grupos ambientalistas. A sus espaldas, un manifestante filma la entrevista. "Para que después no inventen nada", explica.

"LOS ENEMIGOS"

Si el trabajo aparece como el argumento más repetido por los promineros (que reniegan de ese nombre), sus "rivales" también están claramente definidos: "Son los docentes, los estatales, los jubilados de privilegio", repiten.
La alusión a los maestros se repite una y otra vez. "Gente que tiene la vida hecha gracias al Estado y que no soporta que el sueldo inicial de un minero sea mejor", acotan. Algunos agregan a los "hippies que no quieren trabajar" entre los adversarios de la minería.
Casi como un síntoma del abismo entre mineros y ambientalistas, las acusaciones alcanzan límites insospechados. "Están en contra de la movilidad social", sostiene Santiago, para explicar que, antes de la mina, Andalgalá era un pueblo de "latifundistas y pobres".
Lo secunda la comerciante María José Pedemonti: "Los trabajadores que están hoy en blanco gracias la mina antes debían ir con toda su familia a juntar membrillo para poder subsistir".
En el lapso de la charla, el paso sobre el puente sigue cerrado para los sospechosos de tener simpatías antimineras o, simplemente, los que no pueden justificar su visita a Andalgalá.
Los colectivos de larga distancia no son la excepción y algunos pasajeros deben bajar a la ruta para dar marcha atrás.
"Mirá los rasgos [de los que van a la marcha], cómo están vestidos. Los que estamos acá somos parte del trabajo de Andalgalá", insiste otro minero.
Cualquier duda acerca del impacto ambiental o sanitario de la minería es desechada. También las acusaciones de los ambientalistas, que los hacen responsables por las agresiones sufridas en la ruta y dentro del pueblo.
"¿Sabés lo que somos? Somos rehenes de la pelea entre el Gobierno y el Grupo Clarín y sufrimos la tergiversación de TN", interpreta el minero Santiago. "Tiene que haber diálogo, pero entre la gente de acá", repite una vez más Rojano.
"La peor contaminación es la pobreza", dice desde el fondo del toldo uno de los manifestantes que más resistieron el paso de LA NACION.
A poco de entrar en la ciudad, una grafiti amenaza: "Muerte a los entregadores", en alusión a los proveedores de la mina.
Del otro lado del piquete de Andalgalá, el odio se revierte


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MARCHA DE LOS PUEBLOS 9/12/11

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